El malestar de las raíces

«Las raíces provocan malestar, incomodidad individual y colectiva, mala conciencia, sentimiento de culpa. Nadie se atreve, tan fácilmente, en Chile, a fregar y limpiar con la cuestión indígena. Las raíces están demasiado ocultas y a la vez demasiado presentes» (José Bengoa)

El malestar de las raíces

por José Bengoa

Sonaba el Cultrún en el Paseo Ahumada. En el centro de Santiago de Chile; del actual, moderno, globalizado, apresurado Reino de Chile. Último año del siglo veinte. Apresuré el paso. Al llegar a la Plaza de Armas, el sonido era más nítido. La trutruca trompeteaba sones de guerra; los antiguos sonidos depositados como cimientos de nuestro inconsciente colectivo. Recuerdos de las historias que nos contaban en el colegio. Una niña joven, vestida de mapuche, bailaba junto a unos niños que posiblemente eran sus hijos. El padre, uno podría suponer, tocaba la trutruca, ceñido su pelo con un trarilonco o cintillo de tela bordada. La gente hacía un redondel. Iban a ser las doce del día, de un día común de Santiago. El cañón del cerro Santa Lucía dispararía la hora y las campanas de la Catedral sonarían. Sólo las palomas se dan cuenta. Gente que iba aparentemente apurada, sin embargo, se detenía a observar el baile; el purrún, en lengua mapuche. Ritmo cadencioso, pausado, sin recuerdos tropicales, nacido y criado en las lluvias eternas y frías del sur de Chile. Es el sonido más antiguo que escuchó el ser humano; el ritmo de su propio corazón… Sístole, diástole; «pum pum», un pequeño alto o silencio, y luego, «pum pum». Nació en el corazón humano y fue reproducido en los primeros tambores, en los cueros estirados y sonoros. El ritmo se repite lento, firme, seguro, por horas. Los tambores roncan -pum pum, pum pum, pum pum- y el propio corazón va adquiriendo poco a poco el ritmo de los tambores. Se acelera el ritmo sanguíneo, los músicos comienzan a controlar la sangre interior de los bailarines, danzantes que durante horas y horas repiten el golpe de los tambores hasta llegar el éxtasis. Pineda y Bascuñán, cautivo de los araucanos al comenzar el siglo diecisiete, relata de manera majadera, impresionado sin duda por lo que ve, los bailes interminables. Llueve fuera de las enormes rucas, en la Araucanía, llenas de fogones encendidos en torno a los cuales la gente conversa y bebe. En el medio del lugar, los jóvenes bailan al son de sus tambores y tamboriles, al parecer de múltiples formas y tamaños. El ritmo era fuerte y persistente, nos dice el cautivo español. La fiesta no paraba hasta el amanecer en que iban a bañarse al río, aunque lloviera y tronara. Al ritmo de la chicha y el tambor se pasaban las noches bailando, excitados, llegando sin saberlo al éxtasis total de la vida. No necesitaban más droga que la música. Pareciera que esa sensación extraña, recuerdos de cosas que ya hemos olvidado, recorría esa mañana a los hombres y mujeres que hacían ronda, siglos después, a esa joven familia mapuche en el Paseo Ahumada de Santiago del Nuevo Extremo de este moderno «Reyno de Chile».

Plaza de armas de Santiago de Chile

Respeto se observaba en las miradas de esas personas. Alguno con corbata pequeña y maletín de mandados, que se había detenido un momento a observar. Otro que andaba posiblemente en un inútil trámite, nunca resuelto, en el centro de la ciudad. Una joven de traje gris azulado, de aquellos que usan quienes venden seguros de enfermedades, o que tratan que las personas se cambien de asociación de financiamiento previsional, aefepe, como se las conoce en Chile. La niña joven que baila, con su trapelacucha y trarilonco de plata en la cabeza, interrumpe su movimiento y se dirige al público hablando de los araucanos. «Nosotros los mapuche», dice y subraya con la convicción evidente en su rostro, «estamos en Santiago porque nos han quitado las tierras del sur». A nadie de los presentes le cabe duda. Anda a pies pelados. Vuelve a sonar acompasado el cultrún y los corazones comienzan nuevamente a latir a su ritmo. Los rostros de los presentes son expresivos. Nadie se sonríe. No es un asunto sobre el cual los chilenos nos sonreímos. Más bien, la vista se fija en un infinito personal, traspasa las figuras de los niños, «pichiche», gente chica, que bailan con cascahuillas, cultruncitos y pifilkas, y se expande hacia reflexiones evidentes, pero no por ser evidentes menos ciertas, los pensamientos más profundos que la gente común tiene y puede tener sobre nuestra historia y nuestra identidad. Se observan miradas meditabundas a las doce de un día cualquiera en el Paseo Ahumada. Son reflexiones que pasan por la cabeza de cualquier chileno bien nacido, de no importa quién sea uno, de toda persona nacida en este territorio. Pum pum, pum pum, suena la conciencia de la gente que pasa y se detiene. Sentimiento de raíces, dirá alguien que trata de expresar con palabras esa escena cotidiana del centro de Santiago.

Durante años, mi amigo Wenceslao Norín hacia lo propio frente al mercado de Concepción. Junto a sus hijos, este apóstol de la cultura mapuche interpretaba piezas de trutruca de una rara intensidad. Era capaz de sacarle un sonido lleno de matices desesperados a esa caña sencilla, sin boquilla, doblada en varias vueltas redondas, como las trompas de las culturas clásicas antiguas. Al final de la caña le incrustan un cacho de buey que expande el sonido emitido con la boca. Es la trompeta de los araucanos. Wenceslao explicaba a su auditorio cada uno de sus ritmos, de acuerdo al tipo de purrún o baile. El baile del avestruz, choique purrún, más rápido y juguetón; el baile ceremonial del nguillatún, más cadencioso, monótono, repetitivo hasta el extremo de posibilitar el trance de la machi, el éxtasis total, el traspaso hacia el otro mundo, el encuentro con los antepasados y las noticias que les traen a sus descendientes; los bailes del amor cotidiano y las marchas guerreras que los hicieron famosos desde La Araucana de don Alonso de Ercilla hasta nuestros días, los del Canto General de Neruda. Porque la música mapuche es fuerte, rotunda, simple y divina: permite comunicarse con la trascendencia del ser humano, huir hacia estados alterados de conciencia, otros conocimientos, otros medios de comunicación; lleva capacidades desconocidas de curar enfermos, sabidurías recónditas que hoy día la psiquiatría más avanzada estudia con pasión y a las que se dedican proyectos y financiamientos de investigación. Todo eso lo sabe y lo explica en el mercado de Concepción, entre las verduras y frutas, Wenceslao Norín. Relata la manera cómo sus ascendientes mataron en Tucapel al gobernador Pedro de Valdivia y en versos que reúnen palabras en lengua mapuche y español va relatando su versión de las cosas. Sus hijos hacen sonar los pitos, pifilkas, cultrunes, cuando en el momento culminante recuerda cómo le sacaron el corazón al primero que llegó a estas latitudes y cada uno fue besando esa sangre en un rito amoroso que pareciera haber marcado huellas de carácter indeleble en estas tierras del sur. Porque en la memoria mapuche se encuentra hasta el día de hoy marcada la huella de la hazaña de haber ajusticiado al primer invasor, cuestión que no ocurrió en ningún otro pueblo latinoamericano. Da lo mismo cómo se interprete, pero ahí está el recuerdo vivo, una y otra vez cantado por estos verdaderos bardos contemporáneos en plazas, mercados, paseos de ciudades, fiestas del campo y rogativas. Los mapuches escuchan, los no mapuches observan, por lo general callados.

La gente nunca se detuvo de manera escéptica ante estas familias indígenas que bailan en las calles de Santiago, Concepción u otra plaza del país. Ni la niña en el Paseo Ahumada, ni Wenceslao Norín en el mercado de Concepción han sido insultados, pifiados, tratados con sorna, ridiculizados. Probablemente mucha gente ha pasado sin detenerse, habrá pensado para sus adentros, «¡Ah! Son indios». Otros miraron y siguieron. Apurados. Pero más nos llaman la atención los que se detienen diariamente. Ocurre casi todos los días del año y ya por muchos años. La gente entrega unas monedas al finalizar el acto.

Las raíces provocan malestar, incomodidad individual y colectiva, mala conciencia, sentimiento de culpa. Nadie se atreve, tan fácilmente, en Chile, a fregar y limpiar con la cuestión indígena. Las raíces están demasiado ocultas y a la vez demasiado presentes. Hace muchos años que nadie propone a Cornelio Saavedra, Basilio y Gregorio Urrutia u otros coroneles de la frontera, como héroes nacionales. Se podría pensar que fue un «mal necesario» el sometimiento de los indígenas del sur, pero nadie ha escrito La Araucana al revés, nadie ha cantado las glorias de los conquistadores de la Araucanía moderna. Los pocos libros en que se intentó algo así, son piezas bibliográficas raras.

Hace no muchos años, el ochenta y uno, se cumplieron los cien años de la llamada -por la historiografía oficial- «Pacificación de la Araucanía» en el lado chileno, y la «Guerra del Desierto» en el lado argentino. Fue, como se sabe, una operación «pinzas», destinada a atrapar a los araucanos que deambulaban en el territorio de ambas partes de la cordillera. Era uno de los mayores territorios indígenas de toda América del Sur. Pocas veces un grupo étnico homogéneo, una lengua, una unidad étnica cultural y racial, ocupó un territorio tan amplio. Viajaban desde el Cautín hasta kilómetros adentro de la actual provincia de Buenos Aires. Calfucura, Piedra Azul o Brillante, tenía sus reales instalados en medio de las pampas, en la localidad de Salinas Grandes. Allí asentaba sus toldos este pehuenche nacido cerca de Villarrica, en el lado chileno de la cordillera. Cruzaban los boquetes cordilleranos con sus enormes arreos de animales. Se veía en medio de las pampas la «rastrillada de los chilenos». Enorme vía de paso de vacas, caballos y palos para construir los toldos -ya que en las pampas no hay madera- que, arrastrados por las cabalgaduras, «rastrillaron» kilómetros y kilómetros de pampas. Dominar a estos «indios salvajes» fue la consigna de fin de siglo. Circuló por igual en la Casa Rosada y en La Moneda. Oficiales argentinos fueron enviados como enlace con el ejército chileno. No había problemas de soberanía frente a «la barbarie», como se decía en esos años. El general Julio Argentino Roca avanzó montado en su caballo -siempre se retrató, al parecer, a caballo- desde Buenos Aires hacia el sur. Saavedra, Urrutia y el ministro Manuel Recabarren avanzaron desde Angol hasta donde llegaba en ese entonces, fin de siglo, el ferrocarril. Los indios fueron correteados, acorralados, empujados, por lado y lado de la cordillera. Hay fotografías de la época que muestran cientos de indígenas desarraigados esperando la comida que les daba el ejército chileno en el lado de afuera de los fuertes de Collipulli, Victoria, Curacautín y tantos otros. Lo que allí ocurría, y las fotos lo demuestran, no era diferente de lo que cien años después ocurre en Kosovo y los Balcanes. Hoy día lo denominaríamos «limpieza étnica». Sin apelación. No hay otro nombre, ya que la única razón de aprisionar y liquidar a esas personas era su pertenencia étnica: ser mapuches. Los ejércitos argentino y chileno, reunidos, coordinados, limpiaron de indios ambos lados de la cordillera, las pampas del lado argentino, los valles del lado chileno. Desarraigaron, expulsaron, mataron, dejaron morir de hambre y finalmente tuvieron que construir campos de refugiados. El coronel, luego general, Gregorio Urrutia, en la década del ochenta del siglo pasado, entrega cuentas detalladas de los dineros fiscales ocupados en comprar alimentos para nutrir a los desplazados, los primeros refugiados de nuestro suelo.

La conquista del desierto por el General Julio Argentino Roca y su ejército
Juan Manuel Blanes (1830-1901)

Los argentinos celebraron en 1981 los cien años de la epopeya. Mandaron a publicar libros y recopilar documentos. La fotografía, o daguerrotipo, en que aparece el general Roca en su caballo, probablemente llegando a Bariloche junto a sus tropas y «chusma», fue reproducida una y otra vez. En ciertas unidades militares, sucesoras al parecer de esas compañías forjadas en la «lucha contra la barbarie», se exponía el cuadro emblemático con pompa y solemnidad. La «Guerra del Desierto» era honrada por el ejército argentino sin grandes complejos, sin aparentes molestias, sin malas conciencias. Nada de eso ocurrió en Chile. Los cien años pasaron sin pena ni gloria. No hubo celebraciones. En este centenario, 1981, ambos lados de la cordillera estaban sometidos a gobiernos militares. Pero, a pesar de ello, el ejército chileno mantuvo respetuoso silencio. La mala conciencia en Chile es más fuerte. Nuestra cultura es más solapada. Tiene un enredo mayor que la cultura argentina con sus raíces. Sarmiento vio en la indiada, la barbarie; y en el interior del país, la vida que había que eliminar. Borges era tan urbano que nació en Ginebra y quiso ser enterrado cerca del lago Leman. Los chilenos, en cambio, se dejaron atrapar por su mestizaje histórico y no resolvieron su mala conciencia, su malestar con sus raíces indígenas. Es una sociedad que se cree blanca y europea, pero que sabe ciertamente que no lo es. Se reconoce en el mestizaje. En la raíz perdida del inconsciente colectivo la cuestión indígena sigue penando.

La gente no se ríe de los indios en esta sociedad. Se los podía despreciar, discriminar, aprovechar de ellos, explotar, insultar y gritar «indio de mierda», o mirar con brava mirada occidental y lanzar un bromista y discriminador «parecís indio». Pero no hay elaboraciones culturales antiindígenas. Los contrarios a la causa indígena se callan. Aplican medidas contra los indios, llenos de palabras favorables a la raza primigenia de nuestra patria; la «sangre araucana que tiñe de rojo nuestra bandera» y que llevamos todos adentro y nos hace tan valientes, como se dice a menudo en las bravatas patrióticas, sigue siendo un techo ideológico que tapa y esconde la discriminación y el racismo.

Compleja relación de la sociedad chilena con la sociedad indígena. No cabe en estereotipos sencillos. No es fácil de explicar que en las encuestas del año 1999, fin de siglo, un ochenta y más por ciento de los santiaguinos afirme que los mapuches tienen la razón en su lucha por la tierra, y que son el Estado y el gobierno quienes tienen que hacer algo para solucionar esta guerra interminable. Es preciso, por tanto, hacerse cargo de esta complejidad al tratar el tema indígena en Chile, y en particular al tratar la cuestión de los mapuches y el Estado. Ninguna simplificación maniquea, ningún trazo de colores blancos y negros, logrará hacer entender mejor esta situación; peor aún, la caricaturización de las relaciones entre la sociedad chilena y la sociedad mapuche sólo conduciría a reproducir las incomprensiones que ya llevan demasiados siglos. Al analizar las cuestiones de sus raíces, la sociedad chilena se llena de conflictos morales. No es una sociedad que se haya quedado satisfecha y tranquila con su historia, con su pasado remoto y presente. La historia araucana, repetida miles de veces en las escuelas, se revierte con los años en contra de los invasores; en contra de sus descendientes, de los actuales miembros de esta sociedad que un día cualquiera, de sorpresa y sin haberlo premeditado, se encuentran observando un baile mapuche, a pies pelados, en una esquina del Paseo Ahumada de Santiago, y piensan en la identidad rota, compleja, no asimilada de esta sociedad.


Texto de José Bengoa, “Historia de un conflicto: El Estado y los Mapuches en el siglo XX” (1999) Págs. 17 a 23

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